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viernes, octubre 22

EDV - Nada

“Un relato”, le habían dicho. “Escribe el relato que te inspire el mero hecho de contemplarla”. Como si fuera tarea fácil. Había pasado casi una semana desde que le encomendaron dicha tarea y aún no tenía ni la más mínima idea de lo que debía escribir…

Al principio pensó que la carencia de imaginación era algo normal, como un letargo temporal de sus musas que se esfumaría en poco tiempo, como ya le había sucedido en otras ocasiones. Llegado el momento la imaginación se desperezaría y comenzaría a pintar con su pincel de infinitos colores sobre el blanco lienzo que ahora era su mente, impulsándolo irrefrenablemente hacia su escritorio, aferrar entre los delgados dedos su pluma empapada en tinta y comenzar a arrancar las difíciles palabras que, atrincheradas en aquél papel en blanco, se le resistían día tras día. Pero no, su mente aún seguía yerma y estéril.

Volvió a visualizar el retrato. La conocía perfectamente. Su pelo largo y negro con tímidos mechones rojizos, cuales brasas en una hoguera, caía ligero sobre sus hombros; esos penetrantes ojos verdes que iluminaban su tierno y pálido rostro; y aquél largo vestido de elegantes tonos carmesí decorado con filigranas plateadas. Podía cerrar los ojos y la vería cada vez que lo hiciera reflejada en su mente con la misma nitidez que si la contemplara el lienzo con los ojos abiertos.

¿Un relato que describiera su belleza? Demasiado simple y vacío, su belleza resultaba evidente sin necesidad de hacerlo constar por escrito. ¿Algo acerca de algún episodio de su vida? ¿Una hazaña digna de recordar? ¿Un amor imposible, quizás? Nada de aquello le convencía. Sus días se habían reducido a un paseo sin descanso a través de todo su escritorio buscando un tema verdaderamente interesante que mereciera la pena escribir. Ese era el problema: escribir. Escribir sabe todo el mundo, se decía, pero escribir algo que realmente llegue a lo más profundo de las personas, ese algo que hace despertar ese sentimiento de satisfacción en el lector, eso es lo realmente tedioso y a veces incluso agotador… Se dejó caer en la silla. Su mirada fija en el retrato de aquella joven dama de rojo. Por fin las brumas de su mente se despejaron. La respuesta la había tenido siempre allí, a su lado, acompañándole de forma esquiva mientras paseaba por su escritorio. Ahora la había descubierto y ya no la dejaría escapar. La tinta empezó a fluir con ligeros trazos sobre el papel en blanco.

“Un relato”, me habían dicho.


Magister

sábado, octubre 9

EDV - Sepultus

Estaba totalmente convencido de que lo había enterrado. Recordaba perfectamente el sonido de su martillo golpeando con fuerza aquellos clavos oxidados que había encontrado en su viejo taller para sellar el improvisado ataúd de madera gris. Aún estando tan seguro, había algo dentro de su ser que lo inquietaba; algo que le decía que las cosas no habían salido como él creía o quería creer. Esa terrible sensación lo había mantenido despierto toda la noche. Su cuerpo sudoroso sobre la cama no paraba de revolverse sumido en siniestras pesadillas que lo despertaban con la boca seca y pastosa y el corazón terriblemente acelerado dentro de su pecho. No pudo evitar volver a mirar sus uñas ennegrecidas tras haber excavado con sus manos desnudas la húmeda tierra para abrir el agujero donde depositaría el ataúd; y allí, en la esquina de la habitación, tendida sobre el suelo, estaba la pala manchada de barro con la que se había ayudado para dicha tarea… Si, lo había enterrado. ¿O quizás el agujero era poco profundo?

No podía soportar aquella incertidumbre que lo estaba consumiendo poco a poco haciéndole enloquecer. Se desarropó bruscamente y saltó de la cama. Miró a través de la ventana escudriñando el horizonte con la mirada nerviosa, intentando vislumbrar en la oscuridad de la noche el lugar donde hora antes había realizado tan aterradora tarea. Tenía que asegurarse que todo estaba igual a como lo dejó. Rápidamente se puso la misma camisa blanca ahora ensuciada de tierra y los negros pantalones calados de barro apelmazado por debajo de las rodillas. Cruzó la habitación de dos zancadas, aferró el pomo de la puerta y se paró en seco. ¿Qué estaba haciendo? Era una completa estupidez salir a comprobar lo evidente. Se llevó la mano a la cabeza y peinó su cabello negro y desaliñado mientras se encontraba con la mirada absorta en el suelo y una excéntrica sonrisa cruzaba su rostro… Se maldijo a sí mismo por lo que había estado a punto de hacer mientras volvía a desnudarse y a meterse en la cama. Era una locura pensar que algo hubiera podido salir mal. El agujero era muy hondo, o por lo menos eso le pareció a él. Había que tranquilizarse. Respiró hondo y templó sus nervios. Recorrió con la mirada los estantes de su habitación, contemplando todas sus creaciones; sus inanimadas y tranquilas creaciones. Todos sus títeres lo miraban con sus ojos carentes de emoción, pero él sabía que todos lo culpaban por haber manipulado aquel extraño libro que un maldito día llegó hasta sus manos. ¿Por qué razón tuvo que formular aquellas extrañas palabras que ni él sabía lo que significaban? ¿Qué pretendía conseguir? Cualquier cosa menos aquello. ¡Quién iba a pensar que lograría dotar de vida y maldad a aquél siniestro títere! Volvió a ser presa del pánico. Volvió a incorporarse de forma violenta y se sorprendió cruzando el angosto pasillo para salir al porche. Y allí estaba él… con sus miembros de madera y sus engranajes manchados de barro… Una risa histérica brotó de la garganta de su creador, hincándose de rodillas y plantando las manos en el suelo contemplando con ojos saltones lo que tenía ante él.

Estaba totalmente convencido de que lo había enterrado. Recordaba perfectamente el sonido de su martillo golpeando con fuerza aquellos clavos oxidados que había encontrado en su viejo taller… Lo imposible se acababa de esfumar.


Magister

viernes, marzo 6

EDV - En nombre de la Libertad

Todo había pasado demasiado rápido... Sentir el rostro malherido descansar sobre el caldeado asfalto. Los ojos cerrados y la mente pensando en la nada más absoluta, intentando librarse de una horrible presión que atenazaba cruelmente la cabeza.... Los oídos solo percibían un agudo e incesante pitido mientras que por el lóbulo de la oreja corría lentamente un hilo continuo de sangre...

El transporte A-033 se detenía como todas las mañanas frente al edificio gubernamental de las Fuerzas de Opresión Intergaláctica. El general Holbrechz descendía del vehículo escoltado por dos soldados de su guardia personal. Los ojos del general escudriñaron el entorno. Frente a él la estampa no difería mucho de la de otros días atrás; el mismo paseo de oscuro asfalto que lo separaba de la entrada al magnánimo edificio no había cambiado, tampoco las grandes explanadas verdes que se extendían a ambos lados por las cuales proliferaban altos mástiles en los que hondeaban las banderas con la insignia del Cuervo Negro sobre fondo rojo. Mientras observaba esto, Holbrechz ya había comenzado a recorrer el largo paseo hasta el edificio, topándose unos metros antes con una descomunal estatua de piedra gris y fría sobre un alto pedestal levantada en honor a su figura. Tras rodear el glorioso monumento, el general se dirigía con paso firme hacia su destino, acompañado por el ligero marchar de sus dos soldados.

El sensor de movimiento detectó la presencia de las tres figuras y las puertas de aquel edificio se abrieron automáticamente a gran velocidad. Nada más cruzar el umbral, los soldados que le acompañaban informaban a través de sus intercomunicadores que el el general había llegado a su destino, sin novedad alguna durante el trayecto; en ese momento, el A-033 se movilizaba, esperando el nuevo aviso para volver a embarcar a Holbrechz.

La presencia del magnánimo militar, embotado en aquella gruesa y a la vez espléndida armadura, y realzando su figura con la gruesa y aterciopelada capa de tonalidades rojizas, provocó el silencio en la agitada recepción del edificio. Sin prestar atención a lo que acontecía en su derredor, Holbrechz avanzó con paso firme e impetuoso hacia los ascensores del fondo de la gran sala. Los operarios y funcionarios del gobierno prosiguieron con su trabajo tras saludar enérgicamente al general cuando, de entre la amalgama de servidores a la causa apareció un extraño ser de marcadas facciones alienígenas y piel azulada. -Mi señor, los informes de batalla son positivos. Desde la última ofensiva realizada en el Sistema de Tyyrea y la posterior toma de su capital las tropas bajo el estandarte del Cuervo Negro avanzan rápido y sin impedimentos-. Tras una pausa el alienígena continuó hablando: -Mi señor, ha de saber que hoy tiene audiencia con los embajadores de Krashau. Le están esperando; le acompañaré en dicho encuentro ya que, como me pidió, tengo redactadas las condiciones de capitulación-. Con un leve ademán de la cabeza, Holbrechz asintió sin ni siquiera mirar al alienígena...

La puerta se abrió, y la imponente presencia del general silenció la conversación que los dos embajadores de Krashau habían estado manteniendo en ausencia de Holbrechz en tono quedo. La voz imperante y profunda del supremo general resonó en la estancia. -Seré breve señores. Estas son las condiciones de capitulación que debéis de aceptar si no queréis que vuestro amado planeta sea sometido por la fuerza, como lo están siendo ya vuestros aliados del Sistema de Tyyrea-. Los embajadores de Krashau no creían las palabras del general acerca de sus aliados, pero callaron ante los recientes informes que Holbrechz les mostró al instante. -La situación al parecer se torna en nuestra contra... En vistas a esto, y habiendo tenido en cuenta esta posible situación, nosotros tenemos otra proposición que presentarle-. El otro embajador, situó sobre la amplia mesa un pesado artefacto que tras ser manipulado dejó ver una pequeña pantalla con un detonador de activación manual...

Los ojos del alienígena bajo las ordenes de su general parecían salirse de sus pronunciadas cuencas. Instantáneamente activó el campo de fuerza de seguridad que los aislaría del peligro inminente... Quizás fuera tarde para eso. Los embajadores clavaron sus miradas en el rostro de estupefacción de Holbrechz a la vez que pronunciaban unas palabras antes de que se produjera una catastrófica explosión en aquél emblemático edificio, corazón y núcleo de la opresión.


-¡En nombre de la libertad!...-



Todo había pasado demasiado rápido... Sentir el rostro malherido descansar sobre el caldeado asfalto. Los ojos cerrados y la mente pensando en la nada más absoluta, intentando librarse de una horrible presión que atenazaba cruelmente la cabeza.... Los oídos solo percibían un agudo e incesante pitido mientras que por el lóbulo de la oreja corría lentamente un hilo continuo de sangre...


Magister

martes, julio 29

EDV - El Aullador

El capitán Krakoff mantenía su rostro totalmente serio mientras clavaba su único ojo a través del catalejo. La brisa marina acariciaba su tez morena mientras que su piel curtida por el sol era salpicada muy levemente por las aguas saladas. El Aullador, el barco con el que había cruzado tantos mares y océanos, se encontraba totalmente perdido en unas aguas nunca vistas ni marcadas en ningún mapa. Era un mar, o quizás un océano, muy llamativo y peculiar ya que sus aguas purpúreas parecían salidas de algún cuento de hadas que tanto gustaba oír a los chavales pequeños antes de dormir.

La tripulación estaba totalmente atónita contemplando desde el barco aquellas aguas escapadas de algún mundo de fantasía. No se habían despegado de la borda del barco en todo momento, ya que pasado el medio día unas extrañas criaturas no muy grandes habían aparecido desde las profundidades y habían seguido al Aullador en su viaje. Eras de escamas verdosas y se ayudaban para nadar moviendo rápidamente sus extremidades delanteras y traseras provistas de unas extrañas y curiosas membranas. Aquellas criaturas marinas habían despertado la curiosidad de toda la tripulación, e incluso el propio Krakoff pudo ver cómo una de ellas devoraba a un pequeño pez con sus fauces de dientes diminutos pero afilados como cuchillas.

En vistas a que no se divisaba tierra por ningún lado, y que el cansancio se apoderaba del cuerpo del capitán, Krakoff decidió retirarse a su camarote y esperar a oír que alguien gritara el avistamiento de tierra. Sacó de un antiguo cajón su cuaderno de bitácoras y anotó, con su pluma y un poco de tinta de calamar, todos los sucesos ocurridos en el día, entre ellos el paso de un agua azul y cristalina a una totalmente púrpura en el transcurso de una noche… Todo transcurrió con calma hasta que un balanceo sospechoso del barco lo despertó de su sueño. Krakoff se había quedado dormido mientras escribía en su cuaderno horas atrás. Desconcertado colocó todo en su sitio, aderezó sus vestimentas y aún con el leve sopor de haber dormido alcanzó a subir a cubierta. No había rastro de ningún miembro de la tripulación, debían de ser altas horas de la noche y todos estaban descansando. Otro tumbo del barco, este ahora más fuerte, lo acabó arrojando al suelo al hacerle perder el equilibrio. Blasfemando Krakoff se puso en pie ayudado de unas amarras que sujetaban el velamen. Fue cuestión de tiempo que otra sacudida hiciera crujir las maderas del barco, escorándolo peligrosamente; posteriormente una decena de marineros habían salido de sus sueños para ver qué acontecía en cubierta. Un leve murmullo comenzaba a oírse entre los que allí se encontraban, preguntándose unos a otros sobre aquellos extraños y peligrosos golpes que empezaban a dañar al Aullador.

Krakoff se inclinó para contemplar las aguas; unas aguas ahora totalmente embravecidas que rugían y agitaban aquel pequeño cascarón de madera. Alertado por la situación, el capitán tomó el timón para poder controlar al Aullador y salvar su pellejo y el de sus hombres como otras tantas veces había hecho. Pero esto no era un simple embravecimiento de las aguas; cuando Krakoff tomó el timón, un ser gigantesco apareció de las aguas. Una enorme sierpe marina se irguió amenazante ante el Aullador, profiriendo ensordecedores rugidos, mostrando así sus tremendas fauces. Su cuerpo escamado brillaba bajo la luz plateada de la luna llena, arrancando pequeños destellos verdosos de su piel. Boquiabierto, Krakoff tardó un tiempo en reaccionar ante semejante criatura marina y, sacando su sable de bucanero gritó cargar contra aquella bestia. Al instante todos sus hombres empuñaban sables y cargaban pólvora en sus trabucos, abriendo fuego e intentado herir a la sierpe…

Todo transcurrió muy rápido, o por lo menos eso le pareció a Krakoff. Cuando quiso darse cuenta, toda la cubierta era un mar de sangre y miembros cercenados esparcidos por todos los rincones, los mástiles estaban partidos y las velas se hundían lentamente en aquellas aguas. El metal de su sable resonó en la madera del castillo de popa; Krakoff caía derrotado de rodillas ante tal masacre. El Aullador se hundía poco a poco tras haberlo retorcido la sierpe con su musculoso cuerpo de reptil, serrándolo con los toscos pinchos que recorrían su lomo.

Poco tiempo pasó para que la calavera cruzada por las dos tibias sobre fondo negro descansara sumergida en aquellas aguas púrpuras, morada de criaturas tan sobrecogedoras y asombrosas como aquella sierpe marina que acabó estrangulando al Aullador cual ratoncillo inocente y curioso.

Magister

jueves, junio 26

EDV - Sorpresa Post Mortem

Al caer tras tropezar, el preciado objeto cayó de entre sus manos. El amuleto golpeó el suelo, y tras rodar unos centímetros a través del empolvado suelo de madera unas garras de un oscuro cuervo lo atraparon. Con unos estridentes graznidos, la siniestra ave abandonó la habitación por la misma ventana de cristales rotos por la que había entrado. En ese momento una pequeña explosión hizo saltar por los aires varias lascas de madera del suelo. Jake había disparado su trabuco en un vano intento por abatir al pajarraco que se escabullía con el artefacto entre sus garras. Albert, que aún seguía de bruces en el suelo, protegió su cabeza con sus manos y tras desaparecer la nube de polvo se levantó de un salto.

– ¡La próxima vez que hagas eso ten más cuidado si no quieres que acabe como uno de esos!-, exclamó Albert mientras señalaba con su dedo tembloroso uno de aquellos seres de ultratumba, descarnados y putrefactos que doblaba la esquina entrando en la habitación y acercándose a Jake. El trabuco se disparó de nuevo abatiendo al ser ultraterreno, acabando con sus inquietantes gemidos, aun así no era el único que había hecho acto de presencia en la estancia. -¡Esto no se acaba nunca! ¡Corre, hay que encontrar a ese cuervo!- Jake agarró a su compañero y de un empujón lo hizo correr saliendo a trompicones de aquella sala.

Sus pasos acelerados en la vieja madera que cubría el suelo a lo largo del corredor resonaban por todo el pasillo. En algunas ocasiones, Jake buscaba en su guardapolvo marrón la pólvora necesaria para poder descargar su trabuco y ganar tiempo contra aquellas bestias malsanas que trataban de acabar con sus vidas desde el momento en el que le arrebataron aquel amuleto al nigromante que en aquella desmejorada mansión habitaba. Ni ellos mismos sabían cómo habían conseguido tal cosa, y se sentían orgullosos de ello, pero tras haber perdido Albert dicho artefacto y verse rodeados de los sirvientes del hechicero, la situación no se mostraba muy favorable hacia ellos.

Tras haber cruzado una puerta de gruesos barrotes y adentrarse en lo que parecían los jardines de la mansión, los aventureros atrancaron la puerta y comenzaron a recuperar el aliento. –Dime Albert… tú que eres el historiador y el culpable de que yo me encuentre aquí en esta situación… ¿Ese amuleto arcano posee algún poder extraño del que no me hayas hablado?- preguntó Jake con su respiración entrecortada debido a la agitación y cansancio; - Bueno… Algunos manuscritos decían que este objeto sólo se doblega a la voluntad de su amo… y que todo aquel que se lo arrebata… sufre las consecuencias… que si no recuerdo mal eran…- la mano de Jake tapó la boca del historiador, -¡Calla! Con lo que he visto me basta…- De repente unos graznidos alertaron a los dos cazatesoros. Una nube negra de plumas negras de picos y garras afiladas inundó el jardín y se congregaron en torno a una figura ataviada con túnicas negras. Uno de los cuervos, posado en un hombro de aquel extraño personaje portaba en su pico el preciado objeto. Una mano pálida de huesudos dedos acarició al pájaro, y lentamente asió el amuleto colocándolo alrededor de su cuello; -No me miréis con esa cara de asombro, solo tomo lo que es mío…- susurró el nigromante en un tono mortuorio, clavando su mirada gélida en la de los aventureros.

Albert corrió hacia la oscura figura, haciendo caso omiso a los gritos y advertencias de su compañero. Finalmente Jake se abalanzó sobre el hechicero, descargando su trabuco contra el pecho aterciopelado. El frágil cuerpo del nigromante cayó al suelo formando lentamente un gran charco de sangre oscura. Todo se tornó en silencio. Asombrado por todo lo que había ocurrido, Albert recogió el amuleto lentamente; -¡Vayámonos de aquí! No quiero pasar un minuto más dentro de esta casa…-. Un chasquido hizo que Albert se girara hacia su compañero, para encontrarse con su trabuco a pocos centímetros de su cara... Un disparo resonó en lugar.

Lo único que pudo ver Albert antes de morir fue la mirada mortuoria en los ojos de su compañero, y una sonrisa macabra que cruzaba su rostro.

Magister

lunes, febrero 4

EDV - Luces Verdes

Llegar hasta allí había sido una tarea muy difícil. Dejar atrás caminos desiertos, atravesar bosques oscuros y tenebrosos, cruzar caudalosos ríos y haber resistido los furiosos embates de la naturaleza que, con saña y crueldad, se había opuesto de manera misteriosa a mi causa.

Después de varios días de horrible sufrimiento, sin haber si quiera probado bocado hace otros tantos, alcancé por fin a vislumbrar a lo lejos, en lo alto de aquella montaña de piedra que se erguía como un dedo enfermizo que apuntaba amenazante hacia el oscuro cielo, la guarida de aquellos seres entre lo divino y lo humano, los sabios auguradores… Los Oráculos.

Un fortísimo viento comenzó a soplar mientras ascendía hasta la morada de aquellos personajes. Caminar por aquellos senderos de suelo pétreo y de una inestabilidad pavorosa hacía a mi mente replantearse el volver hacia atrás y desistir de aquella tarea; pero por otro lado todo lo pasado hasta llegar allí tenía mas peso y la balanza se inclinó a favor de aquella parte aventurera que reinaba en mi interior.

Al final pude alcanzar la entrada a la morada de los sabios. Entrar allí era apartarse del mundo. Todo lo que acontecía fuera de aquella caverna parecía no afectar a aquel lugar. Todo era sereno, tranquilo y agradable allí dentro, incluso las inclemencias del tiempo no tenían efecto allí.

Y al fin los vi. La tríada de los venerables ancianos, aquellos que en sus magníficos artefactos arcanos esféricos podían ver lo que acontecería en un futuro no muy lejano.

Se percataron de mi llegada. Alzaron sus cuerpos postrados en tronos de piedra y ocuparon lugar ante una especia de mesa de piedra que ocupaba el centro de la estancia. No pronunciaron palabra alguna, sabían de mas que pocas eran las personas que conseguían llegar hasta ellos y todos iban a conocer sus destinos.

Colocaron los objetos arcanos sobre la superficie de piedra y comenzaron a entrar en una especia de trance. Al poco rato aquellos objetos comenzaron a desprender unas luces de tonos verdosos iluminando toda la cueva. Aquel fenómeno iba en aumento, las luces verdes eran cada vez más cegadoras… Intenté vislumbrar algo en aquellos objetos arcanos, pero era imposible.

Todo concluyó. Los resplandores verdosos cesaron. Lo que aquellos venerables ancianos habían visto había sido horrible por el rictus de sus caras. Lanzaron una mirada de terror hacia mí. Una sonrisa entre burlona y siniestra brotó de mis labios.

Eso fue lo último que sus cansados ojos pudieron ver, el rostro de aquel nigromante que les dio muerte y les arrebató sus poderes atrapando sus sabias esencias arcanas para nutrirse de ellas.

Magister

jueves, enero 3

EDV - Testigos Mudos

Frío. Cada vez hacía más frío. El aire que allí corría era helador, congelaba hasta las mismísimas entrañas perforando los huesos y llegando hasta lo más profundo del cuerpo penetrando como miles de pequeñas agujas de escarcha.

Cansancio. Sentía como su cuerpo pesaba. Su respiración era acelerada y esto le producía una incómoda sensación de frío helador que inundaba sus fosas nasales y torturaba su garganta. Caminar a paso ligero al atardecer en pleno mes de enero, y ascender hasta aquel lugar había sido agotador y le costaría un terrible catarro.

Una fuerte ráfaga de viento gélido azotó su cuerpo y John se encogió protegiéndose dentro de su abrigo negro, metió la barbilla bajo su bufanda gris y se apostó contra una de las paredes de aquellas ruinas a esperar que cesase aquel acto de rebeldía de la naturaleza.

Aquellas ruinas eran muy importantes para él. Éste era el lugar donde él pasaba aquellas maravillosas horas junto a su amor, y sólo aquellas ruinas eran testigos mudos de sus pasiones.

Pertenecían a una antigua catedral gótica de la cual sólo se conservaban algunas estructuras que la definían, y parte de la fachada delantera que miraba a un acantilado que se imponía ante el embravecido mar. Se podía ver, además, el enorme hueco decorado antaño con un lujoso rosetón donde tantísimas veces se asomaron a contemplar los atardeceres abrazados mutuamente.

Pero un golpe fatal del destino golpeó cruelmente a los enamorados. John perdió una parte de su alma y de su vida al morir aquella persona con la que soñaba compartir su vida en un futuro. Ahora, él vagaría por la tierra apesadumbrado, triste, dolido y con una herida en lo más profundo de su ser que nunca cicatrizaría.

Nuca más había vuelto a subir a aquellas ruinas desde aquel suceso trágico, pero aquella tarde, movido por alguna extraña causa, había dirigido sus pasos hacia aquel lugar que le traían tantos recuerdos en su momento dulces y que ahora adquirían un sabor amargo.

El viento se calmó y John comenzó a caminar entre las ruinas recordando los momentos inolvidables que habían pasado juntos. La multitud de momentos en los que aquellos muros ruinosos volvían a la vida impregnados de pasión.

John subió hasta donde antaño se ubicaba el rosetón y miró al horizonte. Unas lágrimas se deslizaban temerosas por sus mejillas. Dirigió su mirada hacia abajo y pudo contemplar la gran altura del acantilado en el cual las olas descargaban su ira con fuerza.

Su mente no paraba de evocarle momentos del pasado en compañía de aquella persona tan querida. Juntos habían explorado cada rincón de aquellas ruinas que transmitían ahora sentimientos de soledad y vacío.

La tarde moría en el horizonte. John traspasó el antiguo rosetón y al instante se encontró al borde del abismo. Pensaba en él, en aquel hombre con el que compartió tantos momentos de su vida y se fundieron en torrentes de pasión.

John susurró un nombre. Andrew. Y aquellas ruinas vieron como aquel ser destrozado por el amor frustrado era tragado por las aguas, perdiéndose para siempre.

Ahora están los dos, disfrutando del tiempo perdido, merodeando entre aquellas ruinas y disfrutando de su amor.

Magister

viernes, diciembre 21

EDV - Sangre de mi sangre

Era un día gris y nublado de otoño cuando “Los puños de la libertad” habían tomado la zona oeste de una importante ciudad. Philip se había unido a aquel pelotón de asalto ya que quería encontrar a su hermano desaparecido unos meses después del levantamiento militar que provocó la dispersión no solo de la familia de Philip, sino de otras tantas que corrieron la misma suerte tras el golpe de estado de aquel tirano. En la toma de esta ciudad Philip estaba pasando un miedo horrible. La resistencia y crueldad del enemigo estaba siendo horrorosa y los días de asalto estaban todos manchados con la sangre de centenares de muertos; de personas que su propia tierra, aquella que los vio nacer, los veía ahora morir por defenderla de otros humanos que luchaban por lo mismo.

Philip se encontraba muy nervioso. Su corazón golpeaba el pecho con fuerza aquel día más que ningún otro. Ese día se disponían a lanzar una importante ofensiva contra el enemigo. Todo el pelotón tenía como objetivo hacerse con el control de una de las plazas de la ciudad donde se rumoreaba se encontraba uno de los importantes dirigentes del ejercito enemigo. Todos caminaban alerta entre las calles. El silencio se podía sesgar con un cuchillo. Al frente del pelotón, movilizando estratégicamente a sus hombres, se encontraba el cabecilla del grupo, un joven alto y fuerte que se movía por los mismos intereses de libertad que sus compañeros.

Avanzando entre las ruinas de la gran ciudad, rodeados de aquella niebla espesa y aquel frío penetrante, una fuerte explosión retumbó entre las calles espantando el silencio y atemorizando a los rebeldes. Un zumbido cada vez más fuerte se imponía en los oídos de los rebeldes restallando finalmente una horrorosa explosión acompañada de una fuerte hola de calor. El enemigo se había percatado de la presencia de “Los puños de la libertad”.

El cabecilla del grupo gritaba con una voz profunda las órdenes a llevar a cabo para derrotar al enemigo, haciendo aspavientos con brazos y manos mientras descargaba la munición de su fusil de asalto contra la nada. Unos setenta hombres acataban las órdenes y comenzaban a movilizarse por la zona, tomando posiciones y abriendo fuego son cesar. Se sucedieron numerosísimas explosiones procedentes de baterías enemigas apostadas nadie sabe donde, en algún lugar bien protegido de aquella plaza. La batahola que allí se había formado era enorme. Se oían estruendos por todas partes, silbaban balas por todos lados, surgían gritos desgarrados de dolor y agonía, se provocaban derrumbamientos de edificios cercanos…

Philip seguía allí, junto a su cabecilla, asustado. Nunca quiso que esta situación sucediera, estaba matando a gente de su propio país y eso le acongojaba y lo asustaba. Era una única cosa lo que lo movía y era el encontrar a su hermano.

Era medio día cuando los rebeldes ocuparon la plaza. Decenas de soldados salieron de los edificios armas en mano. Rebeldes y golpistas morían ahogados en gorgojos de sangre. Las granadas hacían saltar por los aires a los soldados y el olor a sangre era casi insoportable. El enemigo se retiraba y Philip fue el ultimo en acabar con la vida de uno de ellos.

Finalmente todo acabó. Philip se acercó a su enemigo abatido. Le ladeo para ver su cara y descubrir, anonadado, el pálido rostro de su hermano.

Magister

domingo, octubre 21

EDV - En Blanco

En la sala no se oía más que el repicar de la lluvia en los cristales. Aquel muchacho joven se encontraba sentado delante de su viejo escritorio, rodeado de libros empolvados y montones de folios amarillentos. Eran ya las tantas de la madrugada y la habitación solo se veía iluminada por la tenue luz de una vela, que poco a poco se consumía con el pasar de las horas.

La tormenta que fuera rugía con fuerza era lo que mantenía al muchacho despierto mirando fijamente una hoja de papel. Pocas veces había experimentado aquel fenómeno que estaba viviendo en ese momento; el reto de enfrentarse ante una hoja en blanco se le estaba presentando mas difícil que nunca. A su cabeza brotaban multitud de ideas y a la vez ninguna, no conseguía atrapar la idea concreta que deseaba plasmar en aquel papel que le desafiaba a cada minuto que pasaba.

El nerviosismo y la angustia empezaban a apoderarse del joven escritor. Cuanto mas miraba el papel más sentía que su blancura inundaba su mente. Quería conseguir librarse de aquel embrujo que parecía atenazaba su imaginación, paralizándola por completo. Deseaba poder apartar la mirada de aquella hoja que lo había hipnotizado para poder captar alguna idea que merodeara silenciosa por el escritorio. Pero no podía. Las horas seguirían pasando y el joven no podría herir a su enemigo con su pluma; no conseguiría hacerle sangrar tinta negra, la cual adoptaría la hermosa forma de elegantes letras que compondría su extraordinario escrito.

La lluvia no cesaba y cada vez iba en aumento. Las horas seguían pasando y la paciencia del muchacho pronto le obligaría a desistir de su empeño. ¿Dónde estaban las musas que tantos días habían atravesado esas paredes para infundirle maravillosas ideas? No. Esa noche no habían aparecido. Esa noche el joven luchaba solo, se enfrentaba al enemigo sin aliado alguno, y la batalla estaba perdida.

En ese momento un fuerte relámpago iluminó la estancia. El joven escritor salió de su ensimismamiento y miró a través de la ventana. Podía ver la espesa cortina de agua que caía en el exterior. Al instante la mente se le despejó. Toda oscuridad que en la mente del muchacho había se esfumó rápidamente. Las primeras líneas de su escrito brillaban con fuerza en su cabeza.

Al momento el joven comenzó a escribir en el papel y ya todo fluía con rapidez. La primera frase que aquel joven muchacho esgrimió contra su enemigo fue la siguiente:

“En la sala no se oía más que el repicar de la lluvia en los cristales.”

Magister

lunes, octubre 15

EDV - La Europa Negra

Colonia Genovesa de Kaffa, siglo XIV. Europa se encontraba azotada por el poder arrollador de los ejércitos mongoles y ahora esta pequeña colonia se veía amenazada.

-Mi señor, han llegado medio centenar de habitantes de la colonia vecina pidiendo refugio tras nuestras murallas, tras haber sido su ciudad devastada por el ejercito mongol.- el capitán de las fuerzas de Kaffa centró su mirada en el horizonte y prosiguió hablando en un tono quedo. –Será cuestión de tiempo que los mongoles estén ante nuestros muros sedientos de sangre…

-No hay de que preocuparse joven capitán, haremos frente a la invasión enemiga. Intenta recaudar información preguntando a los refugiados.- El regente de Kaffa se incorporó y dirigió sus pasos a un inmenso mapa que representaba el continente europeo. Mientras lo ojeaba y deslizaba sus dedos por él prosiguió. –Ya que es en usted en quien más esperanzas tengo, le confío la defensa de Kaffa.

El capitán saludó al regente y sin más se dirigió presto a desempeñar las tareas que debía de realizar por mandato de su superior.

Al despuntar la mañana el capitán irrumpió en la sala de audiencias del regente para comunicarle la grave situación en la que se encontraban:

-¡¡Me ha sido imposible dialogar con los refugiados, mi señor!! ¡¡Todos, mi señor… todos están gravemente enfermos!!- Tras un fuerte ataque de tos y secarse de forma disimulada la sangre que brotó de su boca, recuperó el aliento y continuó con su trágico informe.- Pude hablar con los sacerdotes y curanderos que los atendían y me aseguraron que era muy difícil que salgan con vida. Puede tratarse de la terrieble epidemia de peste que azota el continente que acompaña a los mongoles-.

Aquellas palabras tornaron la cara del regente en asombro y desesperación. La orden fue clara: quemarlos antes de que la enfermedad se propagase.

Al poco, una humareda acompañada por el hedor a carne socarrada inundaba las calles de la ciudad.

Pasaron unas horas cuando unas campanas avisaban de la llegada de los ejércitos mongoles. Como un hormiguero cuando es atacado, los ejércitos defensores de Kaffa ocuparon posiciones. Las murallas se llenaron de arqueros y piqueros, y las plazas y avenidas se llenaron de regimientos de infantería. Entre los gritos y voces imperantes el capitán, fatigado y con mala cara, apareció a lomos de un caballo de un blanco puro seguido de una gran cantidad de jinetes. Éstos esperaron en la plaza delantera al palacio del regente mientras el capitán accedía al galope al anillo de muralla que lo protegía para contemplar al enemigo.

Sus ojos pudieron ver centenares de tropas que permanecían en formación; y fuera del alcance de los defensores, empezaban a levantar un campamento. Entre el bullicio reinante pudo ver que varias catapultas empezaron a participar el en el asedio, lanzando no piedras, sino cadáveres que desprendían un hedor a muerte y enfermedad. Enseguida comprendió lo que los mongoles pretendían. Los sitiarían y esperarían a que murieran infectados por la peste que aquellos cuerpos inertes traían en sus putrefactos cuerpos.

Tan rápido como pudo, el capitán corrió a informar al regente de Kaffa. Buscó por todo el palacio a su superior y ya, asustado, acudió a su aposento. Tras abrir la puerta pudo ver como el regente se encontraba postrado de rodillas en el suelo tosiendo broncamente y a cada ataque de tos escupía esputos sanguinolentos.

Un fuerte dolor abdominal sacudió al capitán, y un ataque de nauseas le hizo vomitar. Se sostuvo como pudo contra la pared, y entre sudores se dejó caer lentamente hasta sentarse en el suelo. El regente giró su cabeza lentamente hacia el enfermo y susurró:

-Demasiado tarde joven capitán. Kaffa caerá.- y convulsionándose entre sanguinolentas toses cayó al suelo retorciéndose de dolor…


La mente del joven estudiante volvió al mundo real tras acabar las líneas de la página del tomo que sostenía entre sus manos. Pasó rápidamente la hoja para leer:

“Llegada de la peste a Génova y su trágica difusión por Francia y España”

Magister

domingo, octubre 7

EDV - Venganzas de ultratumba

El resplandor de un relámpago iluminó el severo rostro del general. Instantes después el rugir de un trueno estremeció el oscuro cielo y la lluvia comenzó a caer.

Una multitud de gente se congregaba alrededor de un anciano que se encontraba atada de pies y manos a un alto tronco rodeado de atillos de maderos. Vestía unas túnicas oscuras raídas dejando ver graves heridas en su piel.

Rápidamente tres personajes portando antorchas corrieron a prender fuego a la pira, la cual fue invadida por el fuego rápidamente. Al calor del fuego, el hechicero oscuro comenzó a gritar de una forma siniestra y aterradora. Mientras su piel reventaba en ampollas sanguinolentas miró fijamente a los ojos del general que lo había capturado y condenado y le gritó:

-¡Necio ignorante! ¡Lamentarás haber acabado con mi vida! ¡Te condeno a morir de una forma macabra! ¡Morirás atravesado por tu propia espada!

La cara del general adoptó una mueca de congoja y terror. Se giró bruscamente y desapareció entre la multitud mientras oía las carcajadas diabólicas del brujo mientras era consumido por el fuego.

Era ya más de media noche y la tormenta aún no había amainado. El general seguía sin poder dormir dándole vueltas a las palabras pronunciadas por aquel siniestro ser. Apunto estaba de conciliar el sueño cuando de pronto una heladora voz que lo llamaba lo alteró. Sintió un frío espantoso y todo su vello se le erizó al volver a oír la misma voz. Enseguida se incorporó y escudriñó la oscuridad de su habitación. Solo pudo ver aquello que la tenue luz de una vela iluminaba con su temblorosa luz.

El general estaba horrorizado, su cuerpo temblaba de miedo y un sudor frío recorría su cuerpo. Sabía que tras la poca luz que rodeaba su cama había algo que lo llamaba, pero no acertaba a verlo. La voz se volvió a escuchar en la sala…

-¿Asustado? No lo estabas cuando te presentaste ante mi y mandaste a tus soldados que me apresaran… y me quemaran…

Tan pronto como la voz pronunció aquellas palabras, brotaron a la mente del general las imágenes de la muerte del brujo y las palabras que éste pronunció.

Rápidamente, el general saltó de la cama semidesnudo y corrió a través de la oscuridad hacia donde se encontraba su arma y armadura.

-¿Crees que servirá de algo? ¿Qué conseguirás con eso, sentirte más seguro? Te creía más listo. Me haces reír.

En ese momento unas profundas carcajadas resonaron en toda la habitación. El general vislumbró su armadura, y entre las risas levantó la visera del casco para colocárselo descubriendo el rostro pálido del brujo. En un grito de horror el general retrocedió mientras dejaba caer el casco. La armadura dio unos pasos antes de deshacerse entre azuladas llamas. Al fin los ojos nerviosos del general pudieron ver la figura espectral del hechicero oscuro que avanzaba hacia él.

-¡Pagarás el precio por haber acabado con mi vida! ¡Te arrepentirás durante toda tu vida por lo que hiciste! ¡Aterrorízate y sufre mortal!

Horrorizado, el general comenzó a huir de aquel fantasma que no dejaba de perseguirlo. Atravesó la sala oyendo toda clase de sonidos de ultratumba que gritaban su nombre; y ante la puerta que lo sacaría de aquella habitación volvió a aparecer el espectro, haciéndole caer. Se levantó tan rápido como pudo y corrió hacia otro lado de la habitación consiguiendo salir a un amplio balcón de piedra. Su cuerpo enseguida se empapó de agua y la humedad pronto caló en sus huesos. El ser fantasmagórico apareció de nuevo entre la oscuridad y rodeado de extraños vapores comenzó a avanzar rápidamente entre carcajadas hacia el general. Éste comenzó a retroceder y retroceder totalmente espantado hasta que se precipitó desde el límite del balcón. El general gritaba durante su caída hasta que su garganta se inundó de sangre.

Varios soldados salieron al exterior para ver que ocurría. Para su sorpresa vieron una escena escalofriante…

El cuerpo del general se encontraba atravesado por una enorme espada de mármol que sujetaba majestuosa una estatua levantada en su honor.

Magister

sábado, septiembre 29

EDV - Piedad Draconiana

Desplegó de nuevo el mapa amarillento y agrietado, y los claros ojos de la joven Lubiel se centraron en la marca de pigmentos rojizos que había señalado en él. Llevaba semanas recorriendo parajes inhóspitos atravesando extraños bosques, vadeando caudalosos ríos y cruzando peligrosas ciénagas, buscando un único objetivo que desde pequeña quería lograr… conseguir encontrar un dragón. Y ahora que había encontrado aquel misterioso mapa que marcaba el lugar exacto del cubil de un dragón, no dejaría pasar la oportunidad.

Tras dejar atrás el último cruce de caminos, el mapa la llevó a un pequeño pueblo situado en la ladera de una alta montaña donde se suponía se ubicaba la morada de la bestia.

Los últimos resquicios de luz del atardecer bañaban de tonalidades anaranjadas las pequeñas casas del poblado. Lubiel, agotada del largo viaje y necesitada de un buen descanso, decidió pasar la noche e iniciar el ascenso al amanecer.

Y así fue como al despuntar los primeros rayos de luz del astro, Lubiel ya andaba en busca de su sueño draconiano.

Estando el Sol en lo alto del claro cielo, Lubiel finalizó el ascenso por la ladera escarpada de la gran montaña. Desde donde estaba podía divisar un paisaje hermosísimo. Podía ver los picos escarpados de las estribaciones de otras cadenas montañosas rodeadas sus laderas de densos bosques verdes, que eran regados por grandes cascadas y ríos.

Continuó caminando impresionada por la belleza del mágico lugar y, distraída por la inmensa belleza que la rodeaba, llegó al borde de un acantilado por el cual casi se precipita. Lubiel se encontró con el problema de no poder seguir adelante, pero asomándose al acantilado pudo comprobar que había una gran entrada labrada en la roca viva, que rápido la asoció con la entrada donde estaría el dragón. Comprobó presurosa el lugar donde se encontraba en el mapa, y tras cerciorarse de que el lugar era el correcto no tardó en intentar bajar hasta la inmensa cueva.

Se descolgó del borde del acantilado para dejarse caer al saliente rocoso, cuando de repente oyó un profundo rugido procedente de la cueva, seguido de un fuerte batir de alas. Un inmenso dragón albino surgió desde las entrañas de la montaña lanzando a la joven por los aires.

La muchacha cayó contra la dura roca lastimándose su cuerpecillo. El inmenso dragón posó su enorme cuerpo delante de la joven, y ésta asustada buscó ansiosa en su cinto su espada corta con la que defenderse, pero el acero había caído al vacío. Lubiel se encontraba indefensa. No obstante, la muchacha había encontrado lo que quería; tenía ante ella un magnífico dragón de escamas blanquecinas que brillaban con el sol. Fascinada se quedó mirando atónita al reptil. El dragón plegó sus alas y habló:

-¿Quién osa perturbar mi placentero sueño?

Lubiel no podía salir de su asombro, ¡estaba hablando con un dragón! Asustada y con una voz titubeante respondió:

-S… soy… soy Lubiel. Una humilde humana.

-¿¡Como se atreve una mortal a adentrarse en los parajes de un dragón como yo!?

-Siempre soñé con poder ver un dragón real y poder saber que hay algo más además de los cuentos infantiles para asustar niños.

-Eres el primer ser mortal que se presenta ante un dragón por el mero hecho de poder ver uno, y no por el afán de hacerse con el tesoro que custodian… Pero como protector de estos bosques no puedo permitir la salida de ningún ser tras haberme visto y haber contemplado estos magníficos parajes.

-¡¡¡Pero no quiero morir, no puedo acabar así!!! ¡¡¡ He esperado mucho tiempo para poder emprender mi propio viaje y poder hallar al fin un dragón como tu!!!

-Veo que eres atrevida muchacha, has demostrado tener coraje al emprender un periplo tan peligroso como ese. Por eso no te mataré, podrás verme durante la eternidad como premio a tu valentía.

Y desde entonces, un robusto y joven árbol se yergue en el borde del acantilado contemplando, con sus verdes y frescas hojas, el vuelo incansable del dragón que una vez lo contempló en forma humana, y que asombrado por su deseo la transformó en naturaleza viva, pudiendo disfrutar ahora de él y de los bosques que guarda.

Magister

martes, septiembre 18

EDV - Plumas de cuervo

La joven Elisabeth se incorporó de su butaca de madera de caoba decorada lujosamente con filigranas doradas y dirigió sus delicados pasos hacia una de las ventanas del camarote donde se encontraba junto a su esposo Arthur, divisando un paisaje nublado y lluvioso. La ventana estaba cerrada y al acercarse la muchacha el cristal devolvió el rostro pálido y serio de ésta. Enseguida Sir Arthur se acercó para abrazar a su mujer por la espalda y tras besar su cuello con delicadeza le susurró:

-¿Que te ocurre querida mía? ¿Que es lo que hace que tu hermosa cara se ensombrezca sin una sonrisa?

-Me apena el tiempo que estamos soportando desde practicamente que partimos amor mio...- dijo la muchacha mientras posaba su mano en el crsital y dejaba la marca de sus dedos en el vaho del frío cristal. -Ademas...- dijo casi sin voz meintras se deshacía de los brazos de su marido.

-Es eso otra vez, ¿no? Son esos malditos libros de piratería los que tornan tu carácter en sombrío y preocupado, ¿no es así?- En ese momento el tono de Arthur aumentó- ¡Estoy cansado ya de decirte que no leas esas cosas tan desagradables! ¡Te tengo dicho querida que esos libros no son propios de una dama de alta alcúrnia como tú! ¡Acabaré por quemarlos!

Elisabeth había discutido en más de una ocasión acerca del tema de la piratería con su amado; y por tanto, sabiendo que discutirían, agarró un libro encuadernado en cuero de encima de la mesa y corrió mientras alguna lágrima se le escapaba a su aposento, encerrándose bajo llave. Tras dejar caer su frágil cuerpecillo sobre una enorme cama de esquisita belleza comenzó a pasar las hojas del libro suavemente con sus delicados dedos...

De repente oyó un tremendo estruendo en cubierta. Elisabeth se dirigió tan rápido como podía intentando no pisar su largo y pomposo vestido. Presurosa y nerviosa aferró el pomo de la pequeña puerta que accedía a cubierta para ver, tras abrirla, una escena dantesca.
Un fuerte olor a polvora y a carne socarrada inundaba el ambiente, obligando a la muchacha a tapaese con la bocamanga de su vestido. Sus ojos pudieron ver como el mástil estaba partido y éste yacía casi sumergido en las aguas del océano, el cual rugía y zarandeaba la embarcación con fuertes sacudidas. Rápidamente llamó la atencón de Elisabeth el gran griterío que prcibieron sus oidos, dirigiendo la mirada a un gran número de solsados de la marina que perdían la vida atravesados por los espadones de otros tantos hombres vestidos con ropajes rasgados y descuidados que habían abordado el barco desde una nave que, imponente, dominaba el embate de las olas; de velas negras y hondeando en lo más alto la temida bandera con la calabera cruzada por dos tibias sobre fondo negro.

Enseguida Elisabeth supo lo que estaba ocurriendo; su viaje había sido frustrado por el ataque de unos aterradores piratas.

De repente un pensamiento asaltó la mente de la muchacha, Arthur estaba solo en el camarote donde lo dejó antes de empezar la discursión. Cerró la puerta rápidamente y fué al encuentro de su marido no sin dejar de oir el fragor de la lucha encarnizada que estaba teniendo lugar en cubierta.

Al fin llegó al camarote deseado donde se quedó sin aliento al verlo todo plagado de plumas de cuervo, las cuales había visto también en cubierta siendo arrastradas por el viento. Aquello le impactó bastante, pues una de las historias que ella había leído en sus libros de piratería era la que se contaba acerca del llamado capitán Corvus, famoso por saquear mas de un centenar de buques y ofreciendo tras su victoria la carne muerta a decenas y decenas de cuervos que le acompañaban donde quiera que iba. La historia contaba tambíen que antes de un barco ser abordado por éste pirata, el ambiente era invadido por plumas de cuervo a modo de sello personal . Pero no sólo el hecho de ver las oscuras plumas en la habitación alteraron a Elisabeth, sino que si marido luchaba por salvar su vida batiendose en duelo contra el mismisimo capitán Corvus.

Arthur blandía su sable con la diestra, mientra que mantenía la siniestra en elevada posición en una actidud defensiva y lanzando muy de vez en cuando estocadas al enemigo. Todo el camarote estaba destrozado, todos los elementos que componían la estancia estaban hechos pedazos debido al duelo que se estaba librando.

El capitán Corvus era de apariencia siniestra. Vestía un gran guardapolvo negro riveteado de unas filigranas rojizas oscuras malgastado por el paso del tiempo y los grandes periplos realizados por su dueño. Una ran botonera dorada desabrochada dejaba ver su torso desnudo no muy musculado, donde había alguna que otra marca que le recordaban viejos enfrentameintos a enemigos ya derrotados. Su semblante era macabro y un gran sombrero de colores oscuros adornado con plumas de los mismos colores coronaba su cabeza, resaltando su figura imponente. Lo más asombroso era ver a aquel ser blandir dos sables a la vez, uno en cada mano, con perfecta destreza.

En un descuido fatal, uno de los sables atravesó el pecho de Arthur postrándolo en el suelo y dejándolo sin vida ante los ojos de su amada. Corvus dirigió su heladora mirada a los ojos de Elisabeth, dirigiendose con paso lento hacia ella...

En ese momento Elisabeth despertó bañada en sudor. Miró aterrada a su alrededor y confusa paró a pensar unos instantes. Tras recordar todo llegó a la conclusión de que todo había sido una terrible pesadilla. Ya calmada se incorporó de su cama y tras pnerse de pié el libro de piratería cayó al suelo abierto por la leyenda del capitán Corvus, mostrando una siniestra ilustracion en carboncillo de aquel terrible pirata. Enseguida Elisabeth lo recógió y lo colocó sobre la repisa. Al hacerlo oyó la voz de su marido desde la cubierta que la llamaba. La muchacha acudió a la llamada de su querido y una vez junto a él éste le dijo:

-Mira querida, plumas de cuervo. ¿No es un tanto extraño?...

Magister